martes, 7 de junio de 2011

CUENTO ROMANTICO: La cita

LA CITA
Por Armando Fernández
(c) Copyright 2011

Aunque tratara de negárselo a sí mismo, Alberto estaba nervioso. Nervioso como un chico. Y a los treinta y dos años uno puede tener algún costado de niño, pero no mucho. A esa edad ya hay que "ponerse las pilas" o el mundo lo pasa a uno por encima.

Alberto no le temía a la lucha ni al trabajo. Acababa de graduarse de químico y trabajaba en un estudio contable por las tardes. Su familia residía en Córdoba y él era el único de ellos que se había atrevido a afrontar la gran aventura de Buenos Aires. No le iba mal, no estaba en el mejor de los mundos, pero no se quejaba. Alquilaba un departamento de un ambiente y allí, en compañía de un gato, tan solitario como él, trajinaba sus días.

Había tenido un par de romances. Uno en la facultad y otro con una compañera de trabajo que ya no estaba en la firma, pero fueron idilios fugaces. Nada importante, nada que dejara huella...

Hasta que por error recibió una llamada cierta tarde.

- Hola, soy Susana.- dijo la voz.

Y Alberto se quedó prendido de esa voz. Era un sonido sedoso, como de terciopelo. Un sonido acariciante como el que haría mella en cualquier varón solitario.

- Y yo soy Alberto -le contestó él-. ¿Con quién querés hablar?

Hubo una vacilación del otro lado de la línea.

- Con vos, si es posible... La verdad es que... marqué este número al azar. ¿Pensaste que la vida no es más que un gran azar? Un gran azar salpicado de diminutos azares...

- Tenés razón. El que estemos hablando es puro azar. Dos voces en el éter que se cruzan, que dialogan...

La verdad era que era algo un poco loco. Alberto estaba hablando como si la conociera de hacía mucho tiempo y ella sólo era una voz en el teléfono.

Hablaron y hablaron y parecía que no podían parar de hacerlo.

- ¿Para vos es muy importante la belleza física?

- No. No sé. Bueno, un poco. Como a todos, supongo. ¿Me vas a preguntar si soy lindo o feo?

- No. Te quiero preguntar si sos bueno o malo.

Alberto no tuvo más remedio que reírse.

- Duermo tranquilo por las noches. ¿Te basta?

- Sí -dijo la voz.

Y así simplemente comenzó todo...

Cuando charlaron una decena de veces de muchos temas (ella solía llamarlo alrededor de las siete y media, cuando generalmente no había nadie en el estudio), Alberto decidió que ya no se aguantaba más.

- Quiero conocerte -le espetó.

- ¿Para qué? ¿Para desengañarte? ¿Para matar el misterio de esta linda relación que establecimos?

- No. No quiero conocerte para eso. Quiero conocerte porque ya no me basta con tu voz, Susana...

Pudo palpar la vacilación del otro lado de la línea.

- Mañana, a las dos de la tarde en la Plaza Flores. Vos me dijiste que vivías por ahí. Yo ya te describí cómo soy. Voy a ir con un jean azul y una campera color beige. Y voy a tener una rosa roja en la mano.

- Alberto...

- Mañana a las dos. Y te corto. No quiero escuchar que decís que no. Chau, Susana.

Y le cortó. Y también descolgó el teléfono para asegurarse de que ella no volviera a comunicarse con él.

Alberto miró el reloj. El tibio sol primaveral acariciaba la plaza. Los chicos correteaban bajo la atenta vigilancia de sus madres. Un mendigo dormía en uno de los bancos. Las campanadas de la iglesia repicaron dos veces.

"No va a venir. A lo mejor no puede. Se arrepintió. O es casada o... cualquier cosa", pensaba Alberto mientras acariciaba la rosa roja. Todo eso podía ser verdad. Aunque detectaba en la tibieza de la voz de Susana un dolor secreto, como el de una herida apenas cicatrizada.

Entonces la mujer se le acercó. Tendría quizás cincuenta años. El cabello descolorido y Alberto experimentó un escalofrío.

- ¿Vos sos Alberto? -le preguntó. Él sintió que sus sueños se desplomaban, fragmentados en mil pedazos. Esa pobre mujer de rostro deslucido, de humildes ropas...

De algún lugar sacó fuerzas, recompuso la sonrisa que se le había borrado y le ofreció la flor.

- Sentate, por favor -le pidió, señalando el banco. Ella se sentó y Alberto tragó saliva. No sabía qué más hacer o decir. La imagen que se había forjado de Susana no concordaba para nada con la mujer que tenía a su lado.

- Hay algo que tengo que decirte... -dijo ella.

Alberto pensó que nada que pudiera escuchar, podría ser peor de lo que le estaba sucediendo.

- Esa chica que está allí me dio un poco de dinero para que me acercara a vos y fingiera ser Susana...

- ¿Qué? -Alberto giró la vista en dirección de donde indicaba la mujer.

Había una muchacha enfundada en un abrigo claro que lo miraba. Una muchacha de cabellos rubios, hermosa como un sueño.

- Es que... quería ver tu reacción... y vio que me diste la flor... que me hiciste sentar a tu lado. No entiendo muy bien por qué, pero...

- Gracias... gracias, señora... -Alberto le tomó de las manos y se las besó. La pobre mujer se levantó y se fue. Enseguida se perdió entre el resto de los transeúntes.

Entonces, mientras a Alberto se ponía de pie, la muchacha se le acercó. Sonreía. Y era la sonrisa que Alberto esperaba que ella debía tener. Y la tristeza en sus ojos, que también había imaginado que tendría.

La muchacha se detuvo ante él.

- Yo... yo le dí la flor a esa señora... -tartamudeó Alberto como disculpándose.

- No, en realidad me la diste a mí... con tu actitud...

Se sentaron en aquel banco de la plaza. Y allí comenzó una historia de amor.

FIN

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